“La duquesa”: Autómatas sin Michael Bay...

Como un viejo libro de recortables, “La duquesa” despliega una hermosa función teatral de creíbles actores que, al cerrarse, levanta el polvo de un drama de salón incapaz de reciclar el folletín amarillista de partida en algo más arriesgado.

Aparte de que la combinación Keira Knightley y película de época se está convirtiendo en un subgénero con nombre y apellido, cabría plantearse la duda de fondo, mucho más antigua que el arribo de la joven actriz británica. Y es que “La duquesa”, el último bombón de palacio, representa, quizá, el modelo de película más antiguo: no ha variado lo más mínimo desde que, a principios del siglo XX, en un fastuoso plató algunas actrices teatrales quisieron enamorar al cinematógrafo con sus interpretaciones de reinas olvidadas y aristócratas enfermas de amor o poder. Entre las mímicas correspondientes al relato folletinesco del cine mudo y la profusión de detalles íntimos propios de las superproducciones de época actuales, la inercia revela la inmortalidad de la propuesta o el asombrado aburrimiento que se pregunta si, además de entusiastas o estudiosos, alguien está dispuesto a no dejarse bostezar ante el modelo más ajado del mundo.

la-duquesa-1.jpg

Biografía de Lady Di en clave dieciochesca, “La duquesa” demuestra, aun en contra de sus propósitos, que las trabas nacen de las formas. No importa tanto que se intente un retrato psicológico de la torturada y famosa Duquesa de Devonshire, rodeada de amantes imposibles y traidores maquiavélicos, si dicho esfuerzo no va acompañado de algún riesgo que aparte la atención de su vistosidad, virtud que se respeta al máximo para conseguir la fácil victoria de una recreación exhaustiva y fidedigna. Sin embargo, sería deseable que las cintas de época, y “La duquesa” en dicho sentido no es mejor ni peor que cualquier otro ejemplo de su clase, sometiesen sus cánones para hacer evolucionar al género, la clave de subsistencia de cualquier especie ante tiempos modernos.

la-duquesa-2.jpg

Un diseño de producción plausible y una toma de conciencia seria y severa con el episodio que se está narrando no bastarían a estas alturas como credenciales de neoculebrones que esconden el sentimentalismo con elegancia. Un juego de velas servía a Kubrick como coartada a la hora de aproximarse a este territorio de grandes divas y directores de mujeres, pero en un naciente siglo XXI las formas han vuelto al recipiente madre y creen haber triunfado con una mesura que faltaba en aquellas películas mudas y en los suntuosos y extralargos films ochenteros. El relevo es tan efectivo en sus términos como poco sorprendente, el reflejo sobrio de “Maria Antonieta” (2006), película que si reveló algo, al incluir en su banda sonora a The Strokes y que éstos sean los ídolos musicales en la camiseta de Shia LaBeouf en “Transformers” (2007), fue que quizá ha llegado el momento de una apuesta radical y de que los robots gigantes invadan el cine de época. Mientras a algún cineasta se le ocurre otro silogismo, “La duquesa” es más de lo mismo y, por tanto, igual de cuidada y disfrutable.

0 comentarios: